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Filosofia2

Una reflexión en tiempos de encierro

En esta labor de equipo Reggio, colegio innovador en Madrid, que no se detiene ante las adversidades, nuestra directora, Eva Martín, nos hace llegar, traducido por Carola Di Marco, un artículo de prensa de Massimo Recalcati, uno de los teóricos contemporáneos que, con su lucidez, guían y orientan los pasos en nuestra manera de entender la enseñanza.

Recalcati es un hombre-faro, algo que, en nuestros días de intelectuales callados, se echa tanto de menos. El artículo, que apareció en La Repubblica, el pasado sábado, 14 de marzo, es toda una reflexión acerca de en qué consiste la libertad, una vez que, con esta pandemia, nos ha tocado, inesperadamente, repensarla y redescubrirla. Para analizar los efectos del coronavirus, menciona cómo Sartre afirmó en su día que “los nazis nos enseñaron la libertad”. Como es sabido, solemos apreciar sólo aquello que perdemos. Dice Recalcati que “la despiadada lección del coronavirus desmantela de manera muy traumática la concepción más banal y compartida de libertad”, pues tomábamos la libertad como una propiedad individual, fija, de nuestro ego, y la enseñanza de esta pandemia en tiempos de globalización (para el virus no hay fronteras y afecta a todos por igual) es que la libertad y la salvación no pueden ser individuales (en un sálvese quien pueda), sino colectivas, solidarias, responsables… con un vínculo de hermandad incluso con hermanos desconocidos y, sobre todo, como ya sabían los griegos, con la “polis”, con la ciudad.

Tiempos de encierro

Justo estos días atrás, previos a la suspensión de las clases y al encierro forzoso, les explicaba yo a mis alumnos, en las clases de Filosofía, esa misma idea: el hombre es, como señalaba Aristóteles un animal social, un ciudadano. Sin ese largo proceso de socialización de los humanos, ni siquiera habría Yo, ni identidad personal. Lo que está ocurriendo, con ser terrible, nos brinda una gran ocasión para el aprendizaje. Sin llegar a nuestros mayores, que vivieron guerras y posguerras civiles y mundiales, los que vamos teniendo una edad hemos pasado en España por décadas de terrorismo de ETA, intentos de golpes de Estado, crisis de la colza, gripes aviares, “vacas locas”, atentados del 11-S en las Torres Gemelas y del 11-M en los trenes de Madrid, terrorismo islamista en ciudades como Barcelona… pero nunca la vida cotidiana se había detenido ni paralizado del modo en que ahora lo hace. Incluso cuando hablábamos de virus, pensábamos en hackers y en ataques informáticos. Vivíamos tan “en paz” que siempre que se proponían temas de debate en las clases de Filosofía o Valores éticos, planteábamos meros supuestos o hipótesis: ¿qué harías en caso de..?, ¿qué pensarías si…?, ¿crees que serías capaz de…? Pero en estos días de encierro, hemos chocado con la crudeza de lo real: ya no nos encontramos ante presuposiciones o ideas abstractas, sino ante un problema auténtico, que todos estamos viviendo y padeciendo y que nos afecta como individuos en sociedad. Nos encontramos frente a lo que el filósofo Karl Jaspers llamaba “Situaciones límite”, algo que los seres humanos sólo experimentaban en casos excepcionales, guerras, persecuciones, campos de concentración… En esa distinción clásica entre libertad interna y libertad externa, yo le decía a mis alumnos, que perder la segunda era muy infrecuente salvo que te encerraran en una cárcel o vivieses una vida absolutamente esclava. Todo ha cambiado: ahora nosotros también experimentamos el encierro y la pérdida de libertades.

El artículo de Massimo Recalcati muestra de verdad el camino, hace abrir los ojos: la libertad ya no es una propiedad indiscutible de nuestro ego individualista y satisfecho. Sólo la solidaridad y la hermandad, sólo la conciencia social del ciudadano, del hombre civilizado que se hermana con sus semejantes, incluso sin conocerlos, podrá salvarnos.

Esa era la lección de otro contemporáneo de Sartre, el gran Albert Camus, o la de cada ciudadano que en estos días arrima el hombro… o la de un profesor de música que, como nuestro Pedro Garrido, decide dejar de tocar su flauta travesera para sí mismo, abre la ventana y regala todo el ánimo y la belleza de este mundo en un Hallelujah de Leonard Cohen.

Ernesto Calabuig, Profesor Filosofía Colegio Reggio.

 

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